El eclipse total ha sido, junto al Campeonato Mundial de Fútbol, el gran acontecimiento del verano. Fuimos a verlo a una cuesta de Las Matillas, un paraje de Cubillas de los Oteros, cercano al pueblo. Además del personal local, hubo un nutrido grupo de franceses, ubicados en una tierra que les prestó o alquiló un vecino, provistos de telescopios y otros artilugios para observarlo mejor, que no confraternizaron precisamente con los autóctonos, todo lo contrario: al parecer, uno de los galos se enzarzó con otro de aquí, al que pretendía impedir la libre circulación por la parcela alquilada. Menos mal que la cosa no pasó a mayores. Después del incidente, la mujer del fogoso pariente de Obélix, la cual hablaba perfectamente español, según nos contaron, quiso pedir disculpas al autóctono, pero no pudo porque éste ya se había ido. Y es que los franchutes venían a lo que venían y no entraba en sus planes la socialización con los lugareños. Aparte de esta pequeña anécdota, el eclipse dejó su huella, antes, durante y después de su aparición.
Hablo por mí, claro. Antes de aparecer, a mí me preocupó en exceso mi salud ocular, según pude comprobar luego. Y es que, durante la fase de ocultación total del sol, que según el folleto elaborado por el Ayuntamiento se podía observarlo sin gafas de protección, yo no me atreví a mirarlo o lo miré un instante por equivocación, al quitarme las gafas instintivamente, ya que con ellas puestas no se veía nada. Y todo ello por culpa de una palabra: fóvea, que hasta lo del eclipse no había oído en mi vida. Según el oftalmólogo Carlos Plaza, de la Clínica LeonOcular, no era aconsejable quitarse las gafas en ningún momento del eclipse, pues “cuando se forma el llamado anillo de diamante, disminuye el deslumbramiento y resulta más fácil mantener la mirada (…). En estas condiciones, si la pupila llega a dilatarse unos 7 milímetros, el aumento de la temperatura foveal es en torno a 22ºC, muy por encima del umbral de fotocoagulación de 10ºC”. Menudas palabras para un aprensivo. Así que, aunque no entendí casi nada de los argumentos que supuestamente sostenían y daban validez a tal recomendación, la seguí al pie de la letra -¡a ver si por unos segundos de éxtasis me quedo semi ciego para el resto de mi vida!-, con lo cual me perdí esa fase de ocultación total del sol por la luna, lo mejor de todo, según algunos testimonios de quienes sí se atrevieron a observarlo.
Nada más pasar el eclipse reflexioné: ¿hice el canelo privándome de contemplar tan maravilloso espectáculo? ¿Mi comportamiento fue exageradamente pusilánime? En esas primeras horas después del eclipse pensaba que tal vez sí me había pasado de prudente y temeroso. Cuando escribo esto -transcurridos tres días del magno acontecimiento- pienso que el no haberme arriesgado tiene una sola compensación: la tranquilidad que da pensar que no puse en riesgo mi fóvea -ay, la fóvea-. Para compensar lo no visto e irremediablemente perdido, Pedro Mendoza tuvo la amabilidad de enviarme algunas de sus maravillosas fotos del eclipse. Y es que, como suele decirse, el que no se consuela es porque no quiere.
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