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Hoy, 20 de julio de 2026, estamos con resaca, plácida y reconfortante, eso sí, porque la selección española de fútbol ha ganado su segundo Campeonato Mundial. Ahí es nada. Si el primero, logrado en Sudáfrica, fue una explosión colectiva de júbilo, éste no se ha quedado atrás: de ello son testigos las ciudades y pueblos de España entera. Este gran logro nos sitúa en la élite del fútbol mundial junto a selecciones de tanto pedigrí como las de Brasil, Alemania, Italia o Francia. De los jugadores españoles, han destacado por méritos propios Rodri, nuestro capitán Balón de Oro, Unai Simón, el portero menos goleado, y Pau Cubarsí, el mejor de los jugadores jóvenes. Aunque ha sido el equipo el más valioso baluarte. Un conjunto pétreo, compenetrado, solidario, que se ha desempeñado con criterio y gallardía, sin descomponerse ante las tarascadas y juego sucio del adversario. Con madurez y un objetivo claro: ganar el Mundial. Luis de la Fuente, el seleccionador, trazó un plan de juego innegociable y los jugadores lo pusieron en práctica sin titubeos, sin concesiones a divismos individuales. Nada ni nadie estuvo por encima del equipo: todos sabían su papel y lo desempeñaron a la perfección.
Sin embargo, quiero destacar a mi héroe particular, Mikel Merino, un suplente de lujo, humilde y discreto, quizá un poco infravalorado. Marcó goles decisivos ante Bélgica y Portugal que valieron la superación de sendas eliminatorias. Y también, según mi criterio, desempeñó un papel crucial en la final frente a Argentina. Es verdad que se le escapó un gol cantado cuando, por escasos centímetros, erró un cabezazo con el Dibu Martínez batido: la gloria estaba reservada a Ferrán Torres. Pero supo resarcirse de ese fallo cuando, en los minutos finales de la prórroga, con el equipo argentino volcado a la desesperada en el área española, interceptó con su rostro un disparo envenenado de Leo Messi dirigido como un misil a la escuadra, lejos del alcance de Unai. Merino cayó al césped conmocionado y tuvo que recibir asistencia médica. Pero su gesto, pleno de entrega y gallardía, evitó probablemente tener que dirimir el Campeonato en la tanda de penaltis, en la que los argentinos son consumados maestros.
El pitido final, con el triunfo inconmensurable logrado por España, nos llena de alegría y orgullo a los españoles. Y de agradecimiento a ese héroe discreto que prefirió que le partiesen la cara antes que permitir el empate de Argentina.